19 de septiembre de 2011

Patria íntima



Alta Traición
No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.
José Emilio Pacheco



Mi patriotismo es un sueño, una gran dualidad, una ilusión que se ha ido esfumando como la infancia.
Esta mañana del 16 de septiembre, un montón de niños despeinados asomaban sus manitas a través de un puente saludando a los soldados que desfilaban rumbo a los festejos de la independencia mexicana. En ojos hipnotizados de uno de los niños podía contemplarme yo mismo.
Mi recuerdo más remoto de una fecha similar, es una noche del 15 de septiembre de 1991-92. Mi padre me llevó a presenciar "el grito". El zócalo negro como un abismo, lo recuerdo a mi manera: esa plaza recién bañada por la lluvia y por soundtrack los mariachis. Luces artificiales y gente de todos colores gritando viva esto, viva lo otro. Mi raciocinio no estipulaba el valor que eso tenía. Ese orgullo de ser mexicano, cobraba sentido para mi padre que había leído a Eric Hobsbawm y otros tantos, pero mi patria a los escasos 5 años, era brincar de un charco a otro y mirar asombrado esos borrachos con un sombrero de charro con y leyenda "VIVA MÉXICO CABRONES". Nos recuerdo al final de aquella noche huyendo de la nueva lluvia. Mi padre improvisó un impermeable de hule que yo no quería ponerme: ándale, póntelo porque te vas a enfermar, es igual que la capa de Batman. Sabio mi padre, atinó a resignificar el sentido de andar saltando los charcos de la gran Tenochtitlan. Y yo, armado del conocimiento de que esa capa era como la de Batman, disfruté la noche como ninguna anterior.
Así recordé que la ilusión es más grande que la conciencia, y donde esos niños del puente encontraban héroes de películas holleywoodenses, yo sólo veía asesinos: hombres formateados que perdieron todo resquicio de inocencia humillados en el cuartel. Por sus ojos ha pasado una vida que nadie desearía juzgar si buena o mala. Yo desde sus botas no tendría el valor de corresponder con una mano el saludo a esos niños desmañanados y con la otra sostener un arma. Pregúntales lo que hicieron en Juárez, en Monterrey, en Guerrero. Con qué descaro pueden salir a la calle sin que la conciencia les torture el alma y con qué dignidad pueden sostener la mirada de esos niños sabiendo que otros niños ya no podrán salir al puente ningún septiembre tricolor. Ellos conocen al Gran Jefe, lo han visto en televisión una noche atrás sacudiendo la bandera con una ira asible y la vena de la frente reventando de coraje, gritando ¡viva Hidalgo! -el mismo que 200 años atrás gritara ¡Muera el mal gobierno!-, ¡Viva Morelos! -el mismo que fuera asesinado como un perro y su cabeza exhibida en las calles por otros iracundos-, ¡Viva la patria!, y la patria moribunda se desmorona herida por sus balas.
Cómo aceptar que la escena de aquellos niños saludando a los soldados era una buena noticia. Tolerarlo sería traicionarme y traicionar a mi padre que leyó a Hobsbawm, y a mis maestros de la infancia, al albañil que mandó a su hijo a la escuela sin más que una bendición, traicionaría al hombre de bien, a Morelos, a Pancho Villa, al obrero con las rodillas destrozadas, al mar de Cortés, a la gran ciudad, y traicionaría al pequeño Batman que brincaba los charcos dotado de superpoderes. Ellos sí que son mi patria, y mi orgullo se alimenta más de sus memorias que de la bandera -ese harapo tricolor en cuyo nombre se ha traicionado tanto-, del himno nacional, sonata bélica y cruel que nunca entonaría más orgulloso que el claro de Luna de Beethoven.
Qué sabor a miel da el saber que mi lábaro patrio es el canto de una cigarra y mi himno es el ruidito de las olas del Pacífico estrellándose en las costas de Oaxaca, y mi bandera es el telar de la noche constelada que una vez vi recostado en Michoacán; y esa señora que se despierta a las 3 de la mañana. El arquitecto, la sonrisa de esos bosques mutilados, aquél sujeto que con el trabajo de una vida puede pasearse en un BMW, la secretaria entaconada del metro, ese Batman miniatura, ese hombre que cruza la frontera, ese ranchero sonorense, ese negrito de Costa Chica, ese barrio chino... esa mirada onírica de un niño en el puente saludando a un soldado es mi patria íntima y de eso sí que estoy tan orgulloso.


Apizaco, Tlaxcala, México
17 de septiembre de 2011
Adolfo Ramírez
Ilustración de Justo Cascante III ( http://blogvecindad.com/nino-batman/ )

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